
La devastación de la guerra
– Chris, estamos en directo.
– Cómo podéis ver, ahora las casas son bloques de piedra esparcidos por el suelo. Estamos a más de 40 grados y el aire es irrespirable. La milicia ha sitiado el pueblo y sólo se puede salir por el oeste atravesando más de seiscientos kilómetros de desierto, pero aunque quisiéramos, el polvo que levantan los morteros apenas nos deja ver más de dos metros delante de nosotros. Los cadáveres se amontonan por las calles a cientos, a miles. El río Ghon se ha convertido en una improvisada fosa común que con más de cincuenta metros de ancho ahora se puede cruzar por encima de los cuerpos sin vida de los habitantes de Tonga.
Lo que está sucediendo aquí es un delito contra la humanidad, un genocidio. Mujeres y niños son sometidos ante la mirada de sus maridos y padres, para luego acabar con ellos de un balazo en la cabeza, sin contemplaciones. Los tonganos desesperados, prefieren prenderse fuego a tener que soportar este horror, y hemos sido testigos de cómo, algunos padres, mataban a sus propios hijos para evitarles el sufrimiento.
Miembros amputados en puertas y ventanas indican el emplazamiento de los improvisados cuarteles militares ubicados en los únicos edificios con techo para que los francotiradores disparen a matar sin ser alcanzados por piedras palos o restos de lo que hasta hace poco, era la pacífica civilización de este lugar. El olor hierro es tan intenso que se siente en el paladar, la basura se amontona alcanzando hasta donde llega la vista y los ladridos de los perros, en busca de signos de vida, encogen el alma. La explotación de ningún recurso justifica esta actuación militar, este exterminio.
Nos hemos convertido en la presa, nos quieren dar caza.
Han asesinado que sepamos, a trece enviados especiales de distintas nacionalidades ¡están todos muertos! El gobierno no quiere que se sepa lo que está pasando aquí, llevan horas peinando la zona y nos van a encontrar ¡tenemos que salir de aquí, no vamos a sobrevivir! ¡Dios mío! ¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir!
– Espera, calla.
– ¿Qué?
– ¡Calla maldita sea!
– ¡No oigo nada, Nono!
– ¡Exactamente! ¿No te parece raro?
Un disparo rompe el tiempo con el mundo de espectador.
– ¡Aaaaaaaaah!
– ¡Mierda Chris! ¡Te sangra el estomago joder! ¡Tenemos que salir de aquí!
Con la cámara al hombro comienza a tirar a duras penas del cuerpo de su compañero y amigo.
– ¡No puedes con la cámara y conmigo, vete!
– ¡Que le den por culo a la cámara, Chris! ¡No te dejaré aquí!
– ¡No, escúchame, si te quedas aquí te matarán y luego destrozarán la cámara, entonces nada de esto habrá servido! ¡Largo! ¡Vete!
– ¡He dicho que no te dejo! ¡Mierda Chris, seguimos en directo cojones!
– ¡Sabes mejor que yo el material que contiene la cámara! ¡Un mes de grabaciones Nono! ¡Un puto mes!
– ¡Mierda! –exclamó Nono.
– ¡Te juro por Dios que si no sales corriendo de aquí, te mataré yo mismo! ¡Vete joder!
Muy despacio, Nono se aleja grabando a su compañero en su agonía.
“Ya que no queda otro remedio, el mundo entero lo verá”. Piensa. Tiembla asustado, llora nervioso y gime ansioso.
“¿Qué hago, qué hago?”.
Un oscuro agujero entre las ruinas le sirve de cobijo. Apoyando la cámara sobre los restos de un baúl de madera vieja con juguetes rotos y peluches sangrando su amarillenta espuma, enfoca a su amigo herido y comienza a susurrar un rezo apresurado. Lo único que quiere es que no encuentren a Chris, en un descuido, lo sacará de allí.
Sólo el silencio es más agónico que la guerra que parece haber acabado a su alrededor.
Un soldado se acerca a Chris que grita de dolor sobre la tierra seca de una calle cualquiera de aquel pueblo en el infierno.
El impasible ojo helado de la muerte lo apunta fijamente.
Comunicación interrumpida.