Saltar al contenido

– ¿No recuerdas qué pasó?

– Hacen mal sus feas palabras en mis pesadillas, ¡dile que se detenga!

La melena enmarañada le llegaba hasta empaparse con el agua, que abundante, rebosaba a borbotones vertiéndose por el piso de un baño en la planta baja que casi estaba inundado. Mojadas palmas y dedos, sus deshidratadas manos se aferraban fuertemente a los bordes del lavabo manteniéndola inclinada como a ciento treinta grados. Descalzada y con el pijama, mojado hasta los tobillos, los dibujos estampados ascienden hasta el ombligo, donde cuerda de embalar, anudada doblemente, ciñe al talle un pantalón que hace poco entraba exacto.

Sobre parpados morados, sus inmensos ojos miel, reflejan atormentados la angustia del que ha perdido, una lucha interminable contra instintos animales que la mantienen en vilo, despierta y con «diez sentidos». Y contrastan con el gris de una piel que no se toca porque ya no siente el tacto cálido de otras horas.

La sangre por la nariz se mezcla con el carmín y la vida de su amante secándose entre sus dientes, le deja regusto a fierro, provocándole una arcada y frunciéndole su ceño. El horror por lo que ha hecho chorrea barbilla abajo. El eco de una pregunta amartillando despacio, haciendo temblar su cuerpo, resquebrajándolo lento, agrietando sus entrañas y dejando al descubierto sus más oscuros temores; que le aprisionan las ganas, que asesinan sus bondades y la encierran junto al mal con el miedo de su parte.

Balbucea, tirita, llora. Mientras trata de alumbrar la oscuridad de su mente. Ahí se debe ocultar, el porqué y desde hace cuánto recupera la conciencia, sin saber cómo ni dónde. Despertando de letargos en los que seres humanos, yacen muertos a su lado, sin recordar qué ha pasado.

– ¿No recuerdas qué pasó?

– Sólo su cuerpo tendido, y un gas gris que desde el techo, me susurraba al oído que sabía lo que soñaba, que por las noches vendría, que nunca me libraría.

– ¿No recuerdas qué pasó?

– Mis manos ensangrentadas. La cabeza me explotaba. Mi ropa toda rasgada y a dos metros la ventana. ¿Cómo supo qué soñaba? ¡Jamás le he hablado a nadie acerca de mis delirios!

Una noche tras de otra, al entrar en mi narcosis, lo oigo dentro de mí, quejarse y quejarse amargo tratando con su lamento, hacerme sentir culpable.

El espejo no perdona, si te asomas te lo muestra y pocas veces traiciona. Si te atreves a observarte, saldrán a flote tus miedos, pero también la sonrisa o la energía que desprendes.

Sara desesperada, grita desde la rabia, ya que hace algunos meses que no se ve reflejada. No recuerda su expresión, ni el color de su alegría, está olvidando su cara de chica experimentada. Se está borrando del mapa. No guarda una imagen clara en su cabeza extenuada. Golpea con gran violencia otro espejo sin reflejo, deseando que quebrado y por el cambio de forma, le muestre al menos un «algo» que refresque su memoria y le dé una pista vaga de cómo era su cara.

Con el grifo ya apagado y los nudillos rabiando, se gira sobre su espalda apoyándola en la pila. A sus pies, flotando, él la estaba mirando. Arañazos en el torso con la carne desgarrada, sangre seca en los oídos y la yugular sesgada. El vientre abierto en canal, desde el tórax hasta el pene y las carnes separadas por el ancho de un hocico. Lo último que recuerda es que Carlos le gritaba afirmando sin reparo que él no la había engañado.

Todo parece apuntar que la responsable es ella, mas no entiende la manera.

 – ¿No recuerdas qué pasó?

– Que mi tiempo no era mío, y aunque él no lo veía y dado que le quería, corría un tupido velo y seguía con nuestro día.

 ¿No recuerdas qué pasó?

– Que a ciencia cierta creía, que si todo se torcía, por mucho que lo negara, daría por mí la vida sin pensar lo que exponía, que nunca me mentiría y en eso es que confiaba.

Una noche tras de otra, al entrar en mi narcosis, lo oigo quejarse amargo tratando con su lamento, hacerme sentir culpable.

Ahora otra he quitado, me la he bebido de un trago sin saber cómo ha pasado, sin recordar un instante en que momento entré en trance.

Pero tú me conocías, sabías qué pasaría si me seguías agobiando y no quisiste evitarlo, miraste para otro lado pensando que no estarías para ver cómo algún día con la parca de la mano tu cuerpo me comería, tu sangre me bebería.


(D)escribir es la mejor forma de viajar.

PS: Basado en el tema Don´t you remember de Wax Taylor.

5 comentarios en «Sara»

    1. ¿Es un sueño o una pesadilla? En el fondo Sara tiene un poder, y se de más de uno que cambiaría lo que fuera por semejante habilidad. Es una historia preciosa que nace de una música única. ¿Has probado leerla tratando de encajar la letra de la canción con las partes que coinciden con ella en el texto, dejando la música para la lectura del resto? Es una experiencia verdaderamente hipnótica.
      Como he dicho antes las gracias se me quedan cortas, pero de alguna manera tendré que demostrar mi agradecimiento. ¡Gracias!

  1. Excelente binomio palabra escrita-música. La descripción, tan vívida que puedes hasta sentir su desespero; el ritmo de la narración, preciso; la situación, desgarradora. 🙂 Gracias por darnos la posibilidad de sentir así!

    1. (D)escribo para viajar o (D)escribir es la mejor manera de viajar, según me de; esta es mi firma. Y os muestro lo que escribo con la única intención de testear si quien lo lee viaja también. Quiero que lo sintáis, quiero que lo veáis, quiero que sea un dibujo en vuestra mente rico en matices. Quiero que tengáis, mientras leéis, como mínimo, la imagen que tengo yo de la escena que describo en cada uno de mis relatos. Saber que la sentís, que la palpáis, esa sensación en mi, no la se describir con palabras y las gracias se quedan cortas. 🙂

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *