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Sánchez contra Ayuso

Ya les avisé de que algún día se arrepentirían de haberme tratado como lo hicieron, y mi amenaza se va a cumplir.

A la hora en que todos los martes suena su despertador, se levantará de su extrañamente vasta cama de estilo japonés, presta para hacer sus ejercicios de conexión, su taichí adaptado aprendido tras su último viaje a China. Cuando, veinte minutos después, se dirija a su cocina americana para prepararse su zumo, a partir de una hortera variedad de frutas frescas ya peladas y cortadas por su servicio y, como hace cada mañana, mirará su reloj de pared para comprobar que son las siete y cincuenta y siete de la mañana. Entonces se le dibujará esa media sonrisa socarrona que le aparece cuando todo va bien.

En su vaso de medio litro perfectamente cristalino e impoluto, limpio y como nuevo desde hace más de un año, disfrutará, despacio y con el sosiego de siempre, de su jugo menos naranja que de costumbre, aunque esta vez no podrá notar la diferencia ya que estará sentada en el segundo taburete de su isla frente al ventanal, y si bien es cierto que se sentirá algo extraña en esta ocasión, y solo en esta, —a las once de la mañana vienen a reparar el taburete de siempre, ahora quebrado de una pata desde antes de ayer por la mañana, justo antes de dar con su culo en el suelo, por el exceso de uso, pensó—, se beberá su ordinario multifrutas, como cada día. La luz de las ocho en punto no incide del mismo modo en ese punto de su cocina y aunque sutiles, los pequeños cambios no harán llamar su atención sobre cómo se estan desarrollando los acontecimientos esa mañana en su cocina.

Terminará su chabacano zumo macarra y se dirigirá al baño de diseño para comenzar a prepararse para ir a trabajar. Nunca saldrá de su baño. Recorrerá la exagerada distancia que separan dos estancias por las que se podrían pagar veinte euros de taxi, entrará por su puerta corredera en el momento en que el agua comenzará a servirse por la ducha; a la hora programada, el toallero se pondrá en marcha y se abrirá el cajón de aseo, junto al lavamanos sin grifería, dejando a la vista el cepillo de dientes, la pasta, su funda dental, el líquido con el portalentillas y el cepillo para el pelo. Se sentirá cansada y querrá entrar en la ducha lo antes posible porque creerá que el agua hirviendo le ayudará a recuperarse, pero se dormirá debajo del agua para no volverse a despertar.

Nada se sabrá hasta que el próximo miércoles a las tres cincuenta de la tarde llegue su marido de Barcelona, como es costumbre.

Podrías pensar, querido lector, que mi plan de envenenar a la señora Ayuso es tan simple como parece y que, puestos a cercenar una vida para cumplir con la tan honorable tarea de ser fiel a mis principios morales y responsable para con mi palabra, nada tan simple como sobornar a su asistenta y manipular su zumo o su taburete. Al fin y al cabo, hablamos de alguien que vive sola la mayor parte del tiempo y con un servicio amante de los bailes caribeños y untable como mantequilla caliente, pero te sorprenderá saber que la causa de su muerte no será el envenenamiento sino una intoxicación debido a la inhalación de los gases que desprenderán sus paredes recién pintadas, en contacto con el vapor producido por el agua caliente con que la presidenta de la compañía se ducha cada mañana, sea verano o invierno. Pequeñas ventajas de ser el responsable del departamento de investigación y desarrollo.

Por lo que a mí respecta, esta preciosa y soleada mañana de jueves y, como las demás, me dirigiré a la oficina, atravesaré la puerta de cristal de mi despacho en la planta quince, me sentaré en mi sillón de diseño, abriré el cajón cerrado con llave, sacaré el pequeño calendario de bolsillo del doble fondo y tacharé, por fin y de una vez por todas, cada uno de los días que quedan hasta el lunes de la semana que viene, cuando se programe la reunión para nombrarme presidente de la compañía. Porque mis amenazas no son de juguete, mis venganzas son relojes suizos y porque ser la fundadora de una compañía que comienza en un trastero no te da derecho a creer que la empresa es tuya.

—Buenos días, Teresa.

—Buenos días, señor Sánchez. Ha llamado su mujer para recordarle que hoy tiene que ir a recoger a Pablo al colegio. La doctora Uzguinaga le espera en su despacho y a las doce tiene reunión con el departamento de investigación y desarrollo.

—Muchas gracias, Teresa. Buenos días Manu, ¿comemos?

—Sí, perfecto, a las dos fuera.

—Buenos días, señor Sánchez.

—Buenos días… ¿Señora Ayuso?

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