
Hoy os voy a hablar de las encrucijadas.
Si estás leyendo un libro, no sé, una novela de aventuras, por ejemplo, posiblemente el escritor dará instrumentos al narrador para que te describa el lugar en que te encuentras de la manera más gráfica posible ya que tienes que ser capaz de verla, oírla e incluso olerla.
O quien sabe, puede que prefieras las series de adolescentes de todos los estilos, colores y tallas, (bueno, de tallas no hay tanta variedad) con “pelazo”, que se juntan para aprovechar la ocasión y joderle la vida al diferente por cualquier gilipollez para luego verse envueltos en tramas paranormales, policiacas o simples y enredosas (que con eso a Netflix ya le da) que poco o nada tienen que ver entre sí. O no. No lo sé. Tampoco me importa. Whatever.
No, de la encrucijada de la que os quiero hablar hoy es la de la tercera acepción, la que cuando se instala en tu cabeza lo cambia todo de sitio, cierra las persianas, enciende la luz de alguna bombilla vieja, suelta, medio muerta y se encarga personalmente de que no puedas pensar con claridad. Es peor que una plaga de ratas en las habitaciones donde tienes camas.
¿Cuántos años tienes? Si regresar al futuro, cazar fantasmas o incluso viajar a Mordor en busca del arca perdida es lo que te gustaría hacer ahora seguro que te has visto en esta situación en más de una ocasión. Conoces las reglas. Me refiero a verte en las de tener que tomar decisiones de futuro cambiando tu presente. Detectarás estos momentos porque lo primero que te cambia es el físico. Lo bueno es que si estás cerca del verano podrás desencajar aquel bañador tan guapo y si lo estás del invierno igual es hora de probar el cuello vuelto. Lo malo da igual. Lo malo en otro momento. Lo malo mañana para mañana o para mañana por la mañana.
Cuando tienes veinte esas decisiones no las tomas sola, cuando tienes treinta sí, pero lo tienes claro, te queda más por delante que por detrás y tienes ambiciones que ambicionas ambiciosamente, vamos, que te vas a comer el mundo. Y si estás leyendo esto, tienes esta edad y no sabes si derecha o izquierda, habla con alguien, en serio, y si no tienes con quien, escríbeme a mí que aun sin tener ni puta idea de lo que digo ni escribo, por lo menos un rato agradable vamos a echar. También te digo que no tengo ni estudios ni recetas.
Bueno, que me lio. Que con treinta lo tienes claro y con al menos dos o tres alternativas. Con treinta y cinco vas un poco tarde, pero llegas. Es a partir de los cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y cinco, cuando lo tienes que tener muy claro, porque de lo contrario el frenazo te despeina.
Y hete entonces, con más de treinta años habiendo ido de aquí para allá (tampoco tanto, pero ni tan poco), luchando para conseguir tener tu propio proyecto o ganar más dinero o demostrarle a papá que se equivocaba o ahorrar para tu tú futuro o para poder viajar siempre o para comprar en el club gourmet o para obras benéficas o para guardar o para cambiar el mundo o para tu descendencia o por tu tranquilidad o simplemente por sentirte realizado, que te ves de frente a lo que te queda por delante, (puede que menos que por detrás, por cierto) y lo que ves es NADA o tanto como para abrumarse un mes.
Dicen que la oscuridad da miedo, que cuando no ves lo que hay en un sitio que desconoces (o no) sientes cómo palpitan tus propias venas, que la boca se te seca y el pulso se vuelve terco. Lo que no te cuentan es que hay muchos tipos de oscuridad y ésta, de la que hablamos, la de nuestra encrucijada, la que la RAE pone al final, la que más pesa, la más densa, la más incapacitante, la más vital, la más wild, la más salvaje, la más Mowgli, la que implica no saber qué vas a hacer desde ahora, por el motivo que sea; esta oscuridad es tan angustiosa que como te descuides te cambia la vida y si no te descuidas, también.
Tranquila, quédate ahí, parado y mirando con calma hacia esa oscuridad enmarañada de dimensiones y cuerdas que tienes a ambos lados, delante, detrás y encima. Que te rodea, te arropa y te da calor en verano y frío en invierno. Ese encanto de oscuridad.
Puedes hacerlo mientras vas a la compra, mientras miras la tele, o mientras buscas información para superar depresiones, retomar el gimnasio, comer mejor o más sano o sobre cómo joderle la vida a tu ex sin acabar en prisión, pero no dejes de hacerlo, préstale atención por activa y por pasiva, un rato cada día hablando con ella y el resto como diciéndole: «que te crees que no te veo, pero sí». Hazlo, en serio. Porque de lo contrario corres el riesgo de que se piense que se puede quedar a vivir y eso acabaría contigo, algo que no queremos, queremos ser nosotros los que acabemos, no queremos que nos acaben. (Sí, ya sé. Mi escrito mis reglas).
Y cuando veas un punto de luz, -vale, que no lo hay-, pues un gris, -ejem, tampoco-, nos vale con un pequeño trozo de negro un poco menos negro -eso es un gris-, tú sigue prestando atención porque el tiempo pasa y solo Nicolas Cage y el Ristretto son tan intensos, SIEMPRE.
Va a llegar un momento, (puede que cuando estés empezando a acostumbrarte a ella) en el cual vas a empezar a tomar decisiones, a ver algo, momentos en que tu propio tú, -llámalo instinto-, te va a indicar el camino. No te preocupes por si es el camino definitivo, el acertado, el que hará que te realices, no te preocupes por eso, no te preocupes por nada, no esperes nada, no te sientes, no contemples, no valores alternativas, no pidas nada a la vida porque la vida no da, tú tomas. No grites desde dentro, no llores o más bien no lloronees. Recuerda que llevas más de mil de vacunas intentándolo y puede que haya llegado el momento de hacer lo que te (pla)nazca, observando lo que pasa y aprendiendo de nuevo, como si fueras novata, olvidándolo todo, sin querer aprender, solo observando y riendo, sin las pretensiones de cuando tenías veinte, ni el miedo que da la oscuridad que tienes delante.
No quiero acabar como el mensaje de una taza de MR. Wonderful, ni soy Pablo Coelho, (ya le gustaría) también soy consciente del posible millón de problemas que tienes, de lo que cuestan las cuestas, de cuánto cuenta lo que subes y la carga que supone el peso que cargas, por eso te propongo que te olvides de ellos un rato cada día, empieza por unos minutos a ver qué tal (a ser posible evita la hierba, las tragaperras y a tus vecinos de bloque) y busca a alguien con quien hablar. Prueba con un desconocido (no te costará encontrar a quien no tenga problemas para meterse en tu vida y opinar a discreción) o un semi conocido, alguien a quien puedas dejar de llamar sin que te eche de menos (porque tampoco somos animales salvajes por mucho que los animales salvajes también sean personas) busca opiniones diferentes de tu problema, puntos de vista que arrojen luz desde diferentes perspectivas para verlas, tanto a ellas, como a las sombras que proyectan, que también cambian.
Verás que resulta más llevadero y fácil.
Verás como de pronto te sorprenderás sonriendo en un momento en el que no te lo esperabas.
Sonríe a la vida, más aun cuanto más hija de puta sea contigo o, cómo dijo la filósofa Isabel Pantoja:
<Dientes, dientes, que es lo que les jode>
Y cuando estés ahí agárrate fuerte. No te sueltes e incorpórate poco a poco. En el momento en que empieces a moverte todo va mejorando de manera exponencial y desde ahí hasta la cinta que abre la persiana al sol radiante apenas te queda un paso.
Ese sol.
El sol de después de la oscuridad más absoluta.
Ese sol brilla más. Ese sol da más calor. Ese sol trae unicornios de colores y te descubre universos paralelos. Con ese sol ves a los ángeles volar. Ese sol ilumina a más distancia, es más redondo, más puro, más amarillo, más grande. Ese sol lo vuelve todo 4K. Ese sol va contigo a por el pan, se sube contigo al bus, te hace llegar puntual, te anima a saludar a tus vecinos de bloque, te recuerda el número d´en Pau, te ofrece resultados de búsqueda en Google, te anima a hacer bizcochos o galletas, te da fuerzas para volver a coger el coche o la bici y te pone una sonrisa que es la firma al final del documento. La que certifica que toda aquella oscuridad ha merecido la pena.
Porque siempre merece la pena.
Fins aviat.