Ella finge dormir porque la única vez que se dejó llevar por la ilusión de que Lurdes lo entendería casi acaba en la chimenea. Suerte que, como es imposible, la familia terminó por aceptar la explicación más evidente: la niña se había equivocado.
Hoy hace cuarenta años que llegó a una familia que la ha querido sinceramente y la ha llevado consigo allí donde quiera que haya ido. Bien es cierto que Ada, como ahora llama Lurdes a Aida, ha sido capaz, a cambio, de no permitir, casi nunca, que ese impulso primario por compartir su gratitud modificara su ejemplar comportamiento de muñeca.
Fins aviat
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Si te ha gustado este «Con cien palabras» puede que te apetezca un segundo ligerito (en cuanto al tiempo de lectura) con Marisa. Porque habría que sentarse a hablar de lo de la justicia por la mano cuando eres una mujer abusada.
