
Os quiero hablar de Juan Antonio y de lo descontento que está con su nombre, de lo poco que le gusta y de la lucha interna que tiene contra tratar de aceptarlo y con perdonar a su madre. A veces la perdona, otras, gana su batalla interna. No todos los días la perdona, pero cuando sí, la visita. Salen. Se dan una vuelta por la misma plaza de piedra gris oscura, siempre; a ambos les gusta el contraste con el agua de la fuente, bastante limpia, para su sorpresa En esa plaza siempre hace frio. Se sientan en algún sitio o se toman algo suave, que no se puede estar de cervezas a las diez de la mañana, ni en la calle más tarde de las diez de la noche porque nada bueno puede pasar a partir de las diez de la noche, dice ella. Juan Antonio nunca le ha preguntado el porqué de su obsesión con el diez; porque no le importa demasiado y por temor a que le conteste.
Hay veces en las que a Juan Antonio le sobra tiempo para ir a ver a su madre y otras, la mayoria, para sentarse en el soportal de su casa o para escuchar la radio en un pequeño transistor que se escucha peor que su móvil pero que es más auténtico, dice; o para mirar las radiografías que recoge de un contenedor que no debería estar en su calle y diagnosticar fracturas de metatarsos, distensiones ligamentosas e incluso tumores en zonas simpáticas del cerebro. A Juan Antonio le sobra tiempo para dar lustre a su colección de chapas y de comer a un loro tuerto que solo sabe decir que Nietzsche se escribe pensando en tazas, a voz en grito y a cualquier hora del día y de la noche. Le sobra tiempo para tumbarse bocarriba en la acera de su calle –cuando no ha llovido, que tampoco es tan hippie—, y volar un rato por encima de las cabezas de sus vecinos visitando el barrio desde la altura, desde donde se ve la vida de verdad, dice, desde donde nadie te encuentra, dice y desde donde el calorcito del sol te da a ti primero, –esto no lo dice, pero parece obvio—. Es un poco egoísta, eso también, aunque esto no lo dice. Le sobra tiempo para todo esto e incluso para ir al gimnasio a ver si, con suerte, se encuentra con Juan Antonio y juntos hacen unas series, unas tablas, unas sesiones, unas duchas, unas cenas y de nuevo, unas sesiones y unas duchas con sesiones o sesiones sin duchas, pero sesiones. Las sesiones son lo importante. Es por las sesiones que se quieren encontrar, las duchas, sí, vale, pero vamos, que tampoco es eso. Por supuesto en secreto. Qué clase de mundo es uno en el que son vistos y quién sabe si interpelados estando juntos tanto antes como despues de las sesiones, ¡incluso de las duchas! Para ese caos de Juanes Antonios no está preparado. El Juan Antonio de la madre diez, no el de volar sobre las cabezas de los vecinos. Creo. O igual ninguno de los dos, no lo sé todavía.
A Juan Antonio no le importa el caos y por eso es extraordinariamente ordenado. Lo tiene todo perfectamente organizado. Juan Antonio cree que el orden empieza desde dentro y se proyecta, por lo que no le importa ir al gimnasio al menos tres veces por semana. Siempre los mismos días, si no va solo dos, pero siempre los mismos días. Casi siempre va una vez por semana. A Juan Antonio no le importa el caos, pero tampoco es tan perseverante. Del caos dice que es inevitable y del tiempo que no tiene, que tiene muchas cosas que organizar y que de lo contrario nunca le daría tiempo a hacer todo lo que tiene pendiente cada día, de modo que cuando suena el despertador a las seis de la mañana apenas le cuesta ponerse en pie. Juan Antonio invierte demasiado tiempo en hablar del tiempo.
Total, que no le cuesta y se levanta siempre, menos tres mañanas por semana –ya sé que entonces no es siempre, pero es que siempre es un adverbio de lo más socorrido. Lo mismo te sirve para un roto que para un descosío—. Los dias de esas tres mañanas son un poco más complicados, pero suelen coincidir con aquellos en que la aceptación gana la batalla y va a visitar a su madre. O bueno, con los que la perdona, pero el caso es que va a visitar a su madre. Juan Antonio quiere mucho a su madre.
A su padre lo quiere menos porque desde que murió no para de molestarle con extensas preguntas existenciales y disertaciones acerca de la vida antes de la muerte para las que Juan Antonio no tiene ni respuestas ni ganas. Al principio lo intentaba –superados los primeros sustos y miedos lógicos—, pero ya hace más de dos años que comparte casa con él y no sabe cómo hacer para que se emancipe.
De su cama a su cocina hay cero habitaciones, cero obstáculos, cero suciedades y cero malestares. Los apenas diez pasos que hay hasta la cocina se podrían hacer descalzo en cualquier momento del año y seguramente llegarías a destino con los pies más limpios que los tenías al partir. De hecho, da gusto el tacto de la madera en las plantas de los pies. Quieres andar descalzo por ese suelo. Ir en zapatillas es desaprovecharlo. Esa madera está siempre a la temperatura perfecta. La cocina esta toda acristalada y al otro lado solo hay ciudad, acero, luz artificial, el reflejo de la cara circunspecta de su padre, una rotonda con la escultura de un Cadillac Series 75 Fleetwood v8 de 1945 en acero forjado cuyos problemas de escala hace que haya vecinos del barrio de toda la vida que no lo hayan visto nunca porque aun cuando las hierbas están recién cortadas lo tapan, gentes a sus quehaceres y un ruido de color rojo amarronado que, desde dentro, no se oye, pero con el que todos los vecinos han aprendido a convivir.
Los desayunos no pueden ser de diez minutos. La calidad de vida se define por el tiempo que tienes para desayunar, le decía su abuelo cuando era pequeño –Juan Antonio, no el abuelo—, mientras trataba de descifrar la jugada que planteaba el periódico del día: alfil a a7 por peón y jaque. Ese hombre no levantaba la vista de su periódico, no había ganado una partida de ajedrez a nadie nunca y no se terminaba ningún café caliente pero si alguna mañana no estaba, nada era igual. Puede que, por eso, por su trabajo –una preciosa y espaciosa cabina de peaje en la C-52 que comparte a turnos alternos con Alma, siempre de baja, pero siempre presente—, por algun golpe que se dio de pequeño, por todo a la vez, por nada de esto o por alguna otra circunstancia que ni él mismo conoce y que tampoco se ha planteado, diría yo; por todo esto, como decía, a Juan Antonio le gusta desayunar con el crucigrama del periódico de la mañana que, por cierto, hace tiempo dejó de suponerle un reto. Durante unos meses, diez en concreto, estuvo enviando cartas al periódico con amargas quejas por lo inaceptable de esta circunstancia. Al principio de lo más serias, en tono áspero, hosco, rugoso como el gotelé. Despues también, pero más cortas. Al final utilizaba los propios crucigramas para enviar los mensajes con la intención de demostrar que cualquiera podía hacerlos mejor. Entonces fue cuando esto de las cartas al periódico se puso raro y decidió dejarlo. Nunca obtuvo respuesta alguna pero una vez recibió en su casa y por sorpresa un paquete con un cubo de Rubik sin resolver. Ahora, para colmo, cuando tiene sesión, sesiones, duchas o ducha, Juan Antonio, que madruga demasiado para el gusto de Juan Antonio, le termina el crucigrama, algo que también resulta de lo más incómodo para Juan Antonio. Inaceptable, de hecho. De esas cosas inaceptables en tu cabeza que valen menos que dos sesiones con ducha, al menos al principio, cuando casi nada vale más.
– Buenos dias. ¿Con quién hablas? –Juan Antonio levantando la mirada desde la cama, diez pasos atrás, con un ojo abierto y los otros cerrados—.
– Con mi padre.
– Aquí no hay nadie –ha revisado el apartamento antes de su afirmación. Sabe de lo que habla—.
– Eso díselo a él –señalando al sillón con orejeras vacío en la esquina contraria—.
– A quién.
– A mi padre.
– ¡Que aquí no hay nadie! –no era la primera vez que sesioneaban juntos, pero sí que hablaba de… su padre—.
– Que sí, Juan Antonio, que ya sé que no ves a nadie. –se aprieta los lagrimales porque ya sabe que este camino no lleva a ningún sitio—. ¡Has hecho el crucigrama del diario!
– Sí. Se me da bien –no era el desarrollo que esperaba de la conversación, pero se da cuenta de que quiere cambiar de tema y le compra el juego—.
– No, no se te da bien. Te has equivocado en la siete vertical y la cinco horizontal, por tanto, está mal. Además, creo que lo sabes. Francamente espero, que lo sepas.
– ¿Qué vas a hacer hoy?
– Vestirme e irme a ver a mi madre
– ¿Me la presentarás algun día?
– ¡Claro que no! Creo. No –Es lo que tiene responder demasiado rápido— Muchas explicaciones que me dan terrible pereza. ¿Te importa?
– Un poco. Irá a más.
– Pues ya veremos entonces. ¿Y tú? –Se gira para ver a Juan Antonio sentado descalzo en el borde de la cama mirando a los lados desconcertado—.
– Debajo de la cama.
– ¿Qué?
– Las zapatillas.
– Creo que me iré a volar por el barrio. –acercándose al olor a café y arrastrando los pies…descalzos—. Hace días que no me tumbo en la acera y necesito visitar un par de azoteas y las ventanas de los Abeto y los García-Montoya.
Juan Antonio va directo al sillón con orejeras. Parece un lugar cómodo y con suficiente penumbra para disfrutar de su café. No le gusta la luz. Bueno, sí le gusta, pero no por la mañana. ¿Puede no gustarte la luz en algún momento determinado y que sí te guste en otro? ¿Eso puede ser? ¿No? Seguro que al mismísimo Superman le apetece, a veces, sentarse en la oscuridad a masajearse las sienes mientras respira profundo.
– No te sientes ahí.
– ¿Por qué?
– Porque está sentado mi padre.
– ¡Juan Antonio, aquí no hay nadie! ¡Vale ya con el vacile!
– Papá, me resulta más sencillo que te levantes tú que explicárselo a él. Gracias.
– ¿Ya no está?
– ¡Ya no está!
– ¿Me puedo sentar?
– Te podías sentar antes pero sí, mi padre ya no está. Va a llover y hace viento.
– Necesito volar por el barrio, además tengo que ir a darle de comer a Corner –Juan Antonio le vuelve a comprar el cambio de tema, pero ahora le devuelve un suspiro nasal muy pronunciado—.
– Solo te digo que tengas cuidado, no te vaya a llevar un golpe de viento. Y el suspiro no sé si es por mi padre o porque vuelas por el barrio. Ando confuso, pero ando.
– ¡Muy gracioso Mº Dolores!
– Sí. Sí que lo soy. Me lo dice mi madre. Me dice: “Ay Juan Antonio, qué gracioso eres cuando quieres”.
– Sabes que eso significa que tu madre piensa que no…
– ¡Que te calles! Soy gracioso, lo dice mi madre.
– Y tu padre, ¿qué dice?
– Pregúntale a él, lo tienes delante.
Un poco de frío sí que sintió desde la base de su columna, pero no sabía si era por la sensación de tener un fantasma delante o por la certeza de compartir sesiones con un trastornado sabrosón, pero una vez más decidió seguirle el juego. –¿Y usted, ¿qué dice?
– ¡Que sois tal para cual!
¡Fins aviat!