En la pantalla del móvil un tal Mario reproduce con gran destreza la melodía de salida del Show de La Pantera Rosa, lo que Sergio aprovecha para dar por finalizado el encuentro ocasional, a la salida del banco, con uno de esos compañeros con los que no tienes más remedio que cruzarte cada día, menos si sales por una de esas ventanas que los bancos nunca tienen.
– Hola cariño.
– Martina, te aceleras. ¿Y si contesta Cleo?
– Debe ser la emoción que, al parecer y al contrario que por ti, habla por mi.
– ¡Claro que tengo ganas de verte!
– ¡Y además lo parece!
– ¿Me puedes soltar, por favor?
– Yo también estoy deseando verte. No te olvides las entradas que nos conocemos. Nos vemos a las nueve.
– Nos vemos a las nueve. Cuidado con el coche.
– Ni loca. Cogeré el metro.
A sus treinta y ocho años tiene Martina una psicología de lo más desarrollada, en parte porque posee una gran capacidad de observación y análisis y en parte por sus reiteradas matrículas en una carrera que terminó en poco menos de tres años. Todo un logro del que presumen todos y que ella subestima porque la psicología se estudia sola, dice. La psicología se ve a oscuras y se toca con los ojos abiertos. La psicología es trasunto de la expresión corporal del ser humano (esto sólo lo entiende su hermana y algún colega). Que no lo sabe el mundo, dice, pero que la gente va por la calle hablando con los labios apretados, sin articular palabra, mirando al frente (cuando no van hocicados), expresando con los ojos, la boca, el ceño, la espalda, los hombros, la cadencia en el paso o la calvicie. Dice Martina que hablar es el modo de articular las mentiras con las que nos tapamos del temporal que es la vida y que la comunicación, necesaria para sobrevivir, está ya más cercana a aquel sonido intermitente que hacían los teléfonos de nuestros padres cuando llamábamos a alguien que había elegido antes que tú a alguien que no eras tú. Que del mismo modo que no se escucha y sí se oye, no se comunica y sí se habla. Dice Martina cosas de hombres, mujeres, adolescentes calientes y fríos, yayos de dentro y fuera del país, jefes, empleados, sacerdotes en activo, conductores de autobús, amas de llaves, del mundo o de su comunidad de vecinos que, aun pudiendo ser ciertas e incluso estar científicamente estudiadas no son aplicables a según qué estados, como el de enamoramiento bobo en el que se encuentra ella misma con un hombre casado con el que tiene una importante conversacion pendiente para este fin de semana. Para hoy en concreto. A las nueve en el restaurante de siempre. En el centro de Barcelona y junto al teatro donde esta noche reirán a pierna suelta durante más de una hora antes de acabar durmiendo a carcajadas durante el tiempo que les quede hasta el día siguiente.
Esta vez es Cleo quien se atreve con la melodía de La Pantera Rosa y resulta que le sale igual de bien que al tal Mario. De hecho le sale exactamente igual. ¡Qué cosas!
– El móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento, por favor inténtelo de nuevo, más tarde -bromea Sergio-.
Cleo cuelga. Sergio llama. Cleo cuelga. Cleo llama de nuevo. Sergio emite un pitido como de rúter de los noventa.
– Piiiiiiiruriruriiiiiiiiiiiruriiiiiiiiriiiiiiii
– Cuando quieras -Dice Cleo, sonriendo en cada palabra-.
– Es este móvil, que no va muy fino.
– Dios, llévame pronto. ¿Dónde andas?
– No me llamarás para recordarme que tengo que dejar al niño con tus padres.
– No. Claro que no. Sé que no se te ha olvidado. Sé que lo sabes. Estoy segura. Creo. Vale, sí, pero no puedo evitarlo.
– Sueño con desear que Dios también me lleve pronto y cuando lo haga sea donde te ha llevado a ti.
– Ten cuidado con el coche. ¿A qué hora sales?
– A eso de las cinco.
– ¿Lo tienes todo listo?
– ¡Ésta va a ser buena! Sí -Responde Sergio recostándose en el asiento del coche, aún parado-.
– Muy gracioso. No pienso darte el gusto…porque sé que lo tienes todo controlado. Solo intenta que no se te haga muy de noche y ten cuidado con el coche. Parece que dan lluvias a partir de Huérmeda.
– ¿A partir de dónde?
– ¿Estás de broma? ¿Acaso sabes el camino que tienes que tomar?
– Ja ja ja, sí cariño, estoy completamente seguro del camino que tengo que tomar -Responde Sergio con la mente en otro sitio. Cleo se da cuenta, pero no le da más importancia-.
– ¿Y tú? -Pregunta Sergio-.
– ¿Sin Leo y sin ti en todo el fin de semana? ¿Estás de broma? ¡Nos vamos de fiesta loca desde esta noche hasta el domingo por la mañana. Lo justo para dormir un poco antes de que llegues, ducharme y que parezca que no ha pasado nada.
– El crimen perfecto, ¿verdad?
– El crimen perfecto.
– Te quiero.
– Y yo. Vamos hablando.
Cleo tiene cuarenta y ocho y está embarazada del que va a ser su segundo hijo. Ha sido un proceso largo y algo costoso (la fecundación in vitro no toca en las galletas de nata, sus preferidas) pero no entiende la vida sin un hermano (ella tiene una) y no está dispuesta a no, al menos intentar, dar un hermano a Leo. Que se viene otro niño y qué será de mi, se dice y dice, pero en el fondo es feliz por ello y en general por la vida que tiene.
Es directora de contenidos en plataformas digitales del grupo Parnaso desde hace tres años, cinco meses y cuatro días a falta de cuarenta y cinco minutos para las dos del mediodía, hora a la que los viernes abre marcha dirección gimnasio donde nada durante noventa minutos, come, se desenchufa de la semana y se conecta al fin de semana. Este, en particular, es uno de esos que se repiten tres o cuatro veces al año en los que Sergio se va de retiro con los del banco a prefiere no saber qué hacer pero nada bueno seguro.
Lo tiene todo bien planificado, en su sitio y en perfecto orden. Ha intentado ser desordenada porque le cuentan que la vida con desorden es un carrusel de sensaciones pero no puede del modo en que el fuego no puede no quemar, el agua no mojar o un futbolista no dar vergüenza ajena al hablar. El orden es su naturaleza. Cleo es al orden lo que un Golf a un cani.
No, ella quiere un fin de semana en silencio. Calmo. Sin prisas. Sin relojes. Sin llamadas y sin móvil. Tan solo lo necesario para saber de Leo y Sergio. Para uno tiene el fijo, que sus padres con el móvil son como frotarse la chona con las manoplas del horno. Para el otro, una llamada el sábado y otra el domingo por la mañana, que ya es mayorcito.
Sergio es de los que llevan en el banco menos tiempo que el palo de la bandera pero más que los ordenadores. De los que pudieron acceder al puesto antes de que se exigieran títulos académicos superiores. De aquellos que entendieron que una entidad financiera era una salida profesional segura y lucrativa sin el esfuerzo de las oposiciones a funcionario de hacienda o de la seguridad social. Uno de tantos que consiguieron entrar, un sitio, su hueco, que se supieron afortunados, se agarraron, observaron, aprendieron, esperaron a tenerlo controlado y se soltaron cuando se dieron cuenta de que podían andar sin ser arrastrados. Una estrategia que todavía funcionaba en los noventa. Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena pero no debe ser cierto cuando todos los directores que han pasado por su oficina han entendido que resulta más caro el cambio que la conservación, algo de lo que Sergio se lleva beneficiando varios lustros. Claro que, unido lleva, indefectiblemente, el inconveniente de la improbabilidad de ascender. Para ser justos hay que decir que es un profesional caro pero bien visto. Uno de esos hombres de grupo tan preocupados por hacer piña como el pegamento se ocupa de que la moqueta no se despegue del suelo, que eso da mala impresión. De modo que ahí sigue, jodido pero contento. Sentado en su silla delante de un ordenador lo suficientemente lento como para dar lugar a conversaciones acerca de lo deficiente de su tecnología y tan rápido como para que no se alarguen demasiado y esos sellos de tinta cuya fechas o grafías hay que cambiar manualmente cada día (dando lugar a otra conversación repetitiva para Sergio, pero cortita también), atendiendo con una sonrisa dibujada en la bolsa de papel que tiene por cara tanto a Antonia con su cartilla de ahorros como a Pepo con sus problemas con la moderna aplicación del banco.
Ese viernes de octubre a las cinco de la tarde como tenía previsto y tras dejar a Leo con unos suegros que no perdieron la oportunidad de darle un túper de tortilla y croquetas de cocido para el camino, que no se comerá, Sergio sale dirección Zaragoza con un no tan pequeño nudo en el estómago y la respiración no tan tranquila, para terminar pasando de largo hacia Lérida y llegar así a Barcelona, un poco antes de las nueve.
La Barcelona que Sergio tiene incrustada en el corazón desde que la pisó por primera vez huele a la ropa vieja del almuerzo de los domingos y a puerto. Pero lo que realmente le enamora es que cuando cierra los ojos y se deja llevar, las imágenes que le vienen a la mente son de antiguas vaquerías, caminos de tierra, asnos portando tinajas de leche de puerta en puerta, zapateros tanadores y estiércol. No le pasa en ninguna otra ciudad que haya visitado y es la esencia que explica el porqué, cuando pisa Barcelona, tiene la sensación de estar jugando en casa. Para él, Barcelona es un uno en la quiniela del domingo por más que sea visitante, lo que le templa los nervios y ayuda con el nudo marinero que tiene cada vez que viene a ver a Martina.
Hace ese frío acogedor de bufanda y guantes que te saca a la calle a disfrutar de la noche como un niño en verano sale a disfrutar de la arena de la playa a las doce de la mañana. La noche es clara y aunque la ciudad está alumbrada se pueden ver las estrellas que viven entre los edificios. Tan ordenada, tan cuadrada, tan recogida y limpia, tan campo recién regado estando seca, tan cómoda como siempre. Las luces naranjas de las farolas alumbran demasiado aquel barrio con tráfico pero sin atascos: estupendos coches nuevos, otros no tanto, motos, autobuses de linea, patinetes y bicis conviviendo en un entorno que, pudiendo ser hostil, como en Madrid, resulta de lo más acogedor. A la gente que por la calle aprieta el paso para llegar a tiempo a su cita, su cena o a casa, con ese aire que tiene el catalán «d´anar a la seva» aunque vaya en grupo, aunque converse animoso, aunque ría en pandilla. Sergio tiene la teoría de que si observas desde la cercanía de lo grave puedes ver la individualidad del catalán en sus caras de interés por lo contado, como diciendo: «sí, sí, me interesa, pero mira esta distancia», en las carcajadas más espontaneas «graciosísimo, pero no me va a cambiar la vida» o en el paso firme de cualquiera que vaya por la calle sumido en sus propios pensamientos.
Hace menos ruido del que debería y tras casi veinte minutos de paseo hace más calor que antes, por lo que se quita la bufanda a pocos metros de entrar en el restaurante, da las buenas noches, pide la reserva de Martina, una cerveza y se sienta a esperar porque ella debe estar a punto de llegar.
Martina lleva veinte años en Barcelona teniendo claro que para ella es una oficina de lujo: grande, luminosa, moderna, con todo lo que necesita al alcance de la linea roja y lo mejor, con playa (que no es un baño pero tiene agua), de la que podría mudarse en cualquier momento si encontrara otro lugar que le resultara más práctico, siempre que tenga playa. Cero apego a la ciudad, más allá de un cierto sentimiento de pertenencia por los años transcurridos y lo vivido. Tras terminar la carrera encontró el modo de poner su despacho en el centro de una buena zona del centro sin ser el centro y desde que subió la persiana no ha dejado de trabajar. Martina no ha parado nunca porque no ha necesitado ni pensarlo. Ella es la inercia que lleva desde los dieciocho, mucho pelo rizado, ojos alegres y velocidad mental.
Sale de casa por el acceso directo al ascensor privado que tiene su ático pero no baja al garaje. Hoy cogerá el metro porque en el centro va a aparcar su tia, además habrá vino, el teatro está a pocos minutos andando y si conoce a Sergio (que lo conoce) se van a tener que dar un paseo hasta el coche porque el amor a las ciudades paga peajes: el de los paseos nocturnos. Tampoco es que a ella le importe demasiado. El amor tiene estas cosas.
Cuando sube por la escalinata de acceso a la calle hace una llamada a su amiga Verónica y conversa con ella los pocos minutos que hay hasta llegar a la puerta del restaurante. No le dice con quien ha quedado porque nadie sabe que se ve con Sergio. Verónica y Martina lo saben todo la una de la otra, menos lo que no se cuentan. Se despide, cuelga la llamada pulsando su auricular inalámbrico, le envía un selfi por WhatsApp, entra, da las buenas noches, pide su reserva, ve a Sergio, sonríe de corazón, le da un fuerte abrazo sin aspavientos, un beso sinvergüenza y tras guiñarle un ojo se sientan a cenar.
Que el vino suelta la lengua lo saben los dos y ya han pedido la segunda botella que, como casi siempre, dejarán a medias.
– No puedo creer que de verdad pienses que puedes contra tres zombis hambrientos sólo con tus manos desnudas. ¡Te sacan los ojos! -dice Martina apurando su último sorbo-.
– Me habría puesto unas gafas de bucear. No puedo llevar armas, pero me puedo proteger. No has dicho nada de no poder protegerse. Así que me pertrecho con una olla en la cabeza con el asa por debajo de la barbilla, las gafas y cartones de triple capa en pecho y espalda unidos con cinta americana, que eso lo pega todo. El otro día vi un coche con cinta americana en el perfil derecho de la luna trasera.
– ¡Precioso! Estás atrapado, te han pillado por sorpresa en la calle sin salida que has cogido por error. Te han emboscado, están perfectamente organizados y te van sacar las entrañas despues de robarte la cartera para comprase una crema hidratante. No llevas unas gafas de bucear -ríe-.
– Mi vida está en juego. No sabes cómo puedo reaccionar. Hace tiempo leí en una revista de sala de espera un artículo que explicaba cómo, un padre, había sacado de su casa en llamas a sus tres hijos y a su mujer ciega. Cuando fue atendido por los servicios médicos tenía toda la piel quemada e incluso después de quince minutos, aun con la respiración entrecortada, su familia a salvo y viendo su casa arder, no sentía dolor. ¡Aquel hombre no sentía dolor teniendo la piel quemada quince minutos despues de haberse enfrentado al fuego por su familia! Después de haberse enfrentado al fuego -terminó diciendo ya en otro tono, algo ausente, un poco triste. Como si su respuesta le hubiera devuelto al lugar en el que estaba cuando venía de camino. Antes del vino-.
– Hablando de fuego, quiero que hables con Cleo -dispara Martina a quemarropa-.
– ¿De qué?
– No seas simple Sergio. No vamos a seguir así. Tengo treinta y ocho años, estoy en lo mejor de mi vida, soy una profesional reputada y me gusta lo que hago. Te quiero, sé que me quieres y no voy a consentir que el miedo de nadie, ni el tuyo, arruine tres vidas, sin contar con Leo, que aun es pequeño y lo superará sin duda -el tono de Martina era de mármol de Carrara pero su voz no salía fuera de banda-.
– ¡Por favor, Martina, estás hablando de tu hermana y tu sobrino!
– ¡No te atrevas! ¡No, ni se te ocurra! ¡Este camino lo estamos andando los dos desde hace más de once meses! ¡Ni lo insinúes porque esto no es sólo cosa mía! -dice Martina con un susurro ronco que la obliga a aclararse la garganta, esta vez con agua, que no están las cosas para más vino-.
– No lo pretendo. Sé donde estoy y con quién y soy consciente del camino que llevo andado. Que llevamos, andado. Precisamente por eso tenemos que terminar.
– ¿Qué? ¡No me lo puedo creer! ¿De verdad? ¿Ahora me dices esto?
– Un momento tan malo como cualquier otro, Martina -dice Sergio con la calma temblando por dentro-.
– ¿Estás hablando en serio? ¡Estás hablando en serio! ¡Después de todo, de las dudas, de nuestras eternas conversaciones, de las buenas intenciones frustradas, de los cargos de conciencia superados…
– Yo no los he superado y creía que te dabas cuenta. ¡Eres la mujer más observadora que conozco!
– Mi carga es mucho más pesada. Mi carga es un puto trolebús, Sergio. Y aquí estoy porque te quiero, queriendo dar la cara porque me quiero, porque nos quiero -sentencia Martina apuñalando la mesa con el dedo índice. La conversación seguía dentro del terreno de juego-.
– ¡No puedo más! No podemos seguir adelante. Es tu hermana y mi esposa, la quiero y está embarazada de mi segundo hijo. Nos entendemos, es una mujer íntegra, sincera y familiar que no merece lo que le estamos haciendo. Lo que le estoy haciendo. Lo siento pero lo nuestro se acaba aquí, de modo que no, no voy a hablar con ella.
– ¡Eres un mierda! Un cabrón simple sin ambición y un cobarde rastrero que me ha estado mintiendo durante once meses! -vomita Martina mientras termina de recoger sus cosas de la mesa, dispuesta a salir por piernas de ese infierno de vino y comida catalana en que se había convertido ese fin de semana de sexo y teatro-.
– Tranquilízate Martina, creo que podemos hablar esto con calma, reubicarlo todo y seguir como adultos que sabemos que nos estamos equivocando desde hace demasiado.
– Si me tengo que tranquilizar o no ya no es más asunto tuyo y el único que tiene que reubicarse aquí eres tú: desubicado de mierda -ya de pie, con su abrigo y su bolso, justo antes de darse la vuelta y salir pisando firme del restaurante-.
Sergio la mira. Sergio quiere seguir hablando, quiere que Martina se siente y se calme, quiere entenderse con su cuñada y que juntos terminen sintonizando la misma emisora pero lo que ve es a Martina salir del restaurante sin mirar atrás.
Pide la cuenta, paga, coge sus cosas, va al baño, se lava la cara, se arrepiente de algunas cosas ante el juicio severo de su propio rostro, le hace promesas, llora, se traga su nudo de compañía y sale del restaurante.
A la salida, la calle es un concierto de cabezas y móviles encendidos, un caos. Decenas de personas se amontonan alrededor de lo que parece un accidente entre un autobús y un patinete impertinente. Gente que susurra a voces y que pide ayuda a puro grito, muchos llaman a emergencias, demasiados. La luz de las farolas ahora parece más naranja, casi roja.
A Sergio se le pasa por la cabeza una imagen que le corta la respiración. El tiempo se para. El espacio es infinito.
El corazón le golpea en el pecho a ciento cincuenta bombazos por segundo. Ya no ve personas, ya no oye gritos, ya no siente el suelo que pisa mientras, por pura inercia, se acerca para comprobar que Martina se ha dejado la vida en el parachoques de un autobús que no la había visto venir.
Sergio es un buzón de correos. Mobiliario urbano colocado de cara al charco de sangre que ahora es su cuñada. Las luces son definitivamente rojas, el frío ha desaparecido, no sabe qué hora es, si es de día o de noche. Hay niebla y la gente a su alrededor es transparente, no es nada, no hay nada. Los coches no pitan y las sirenas no suenan. Silencio y frío.
– ¿Y ahora, Sergio, qué piensas hacer? -le dice una voz femenina, a su lado-.
Sergio no reacciona.
– ¡Sergio! ¡Sergio! ¡Sergio!
– ¡Qué! -dice al tiempo, sin poder retirar la vista de Martina, aun en el suelo-.
– ¿Qué piensas hacer ahora?
– Seguir esforzándome por no perder el conocimiento.
– No permitas que nada te haga pensar que yo no quería a mi hermana.
– Es entonces cuando la Barcelona que le rodea explota en su cara y le trae de vuelta para girarse hacia un atisbo de mentirosa esperanza donde solo alcanza a ver la ciudad que no volverá a pisar nunca más.
Fins aviat!

Si te ha gustado la historia de Martina y tienes unos minutos más prueba Solo el rey perdonará los pecados de Dios. Porque en ocasiones Dios no es para tanto.

Un clásico imperdible del misterio: El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie.
El giro final que revolucionó la novela policial.
¡Descúbrelo antes de que alguien te lo cuente!