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Luz: un lugar donde vivir.

Los pensamientos que atraviesan la mente de Marcos lloran una pena que golpean su cabeza haciendo que se caiga la pintura de las paredes. No se trata del típico temblor que hace que todo se mueva por dentro y que las paredes tiemblen, que el suelo se angule poniendo en peligro la integridad de cualquiera y en entredicho las leyes de la física, no. Se trata de pensamientos de tristeza y pena tan hondos que dan sensación de vacío, de esos que hacen que te creas con los pies en el suelo aunque bien podrías estar en caida libre por la nada. Marcos tiene un melón en la garganta, las paredes de su cabeza a cuarenta y cinco grados, una mano fuertemente aferrada a sus tripas y la necesidad de llegar hasta el final en cada respiración.

Marcos vive en el centro de un círculo de voces que no logra comprender porque gritan a la vez. Voces con caras y cuello, pero nada más. Caras con pelo largo, negro y de otros colores. Caras con la piel blanca o maquillada. Con ojos color sangre de ira antigua y dientes amarillo naftalina. En su sitio, pero muy de los setenta.

Marcos mira a su alrededor y solo es capaz de distinguir luz en el aro sobre las cabezas que gritan. Desde ellas hasta él, nada, vacío. Desde el aro de luz hacia atrás, nada, vacio. Marcos no tiene escapatoria porque Marcos no tiene que escapar. No está a salvo pero tampoco en peligro. Marcos tiene que comprender. Marcos tiene que calmar. Marcos tiene que poner orden. Marcos necesita respirar menos profundo.

Marcos sabe que para poner orden en el caos se empieza por el principio y que todo, de a uno cada vez, conforma un total que bien podría considerarse meta satisfactoria. Marcos sabe cosas. Marcos no es tonto. Marcos está perdido y sabe dónde está. Marcos es otra voz, una más como esas locas cabezas con cuello y pelo de colores que gritan sinsentidos a su cara salpicando, a veces, restos de saliva con olor a curry pasado de fecha, solo que él no puede gritar. Sabe que es el único elemento capaz de controlar ese caos, de mantenerlo calmo. Marcos es el sosiego en el alma de quien le rodea, incluidas las voces. Sobre todo de las voces. Marcos templa, Marcos apacigua, pero Marcos tiene un melón en la garganta.

Marcos ve su tristeza como un colchón en el suelo delante de él. Un buen colchón. Uno mullido, cómodo, grueso y aislado de ruidos, gritos, melones, salivas, temblores y vacíos. Uno de esos colchones descansados. La tristeza de Marcos es un lugar desde donde ver y no hacer nada. La tristeza de Marcos es una amenaza a su mundo, es el camino fácil, allí donde todos le dan palmadas en la espalda y él las acepta porque se las cree. Un mundo de certezas y decisiones correctas, premios y alegrías para el cuerpo y el alma. Es un lugar en el que la vida no te amenaza a cada instante, donde nada cuesta, donde todo vale. La tristeza de Marcos tiene doce años. Ese colchón es un viaje de no retorno que Marcos no se puede permitir y supone una amenaza mucho mayor que las voces.

Las voces de Marcos son Marcos. La tristeza de Marcos, no.

Marcos solo ve ruido. Marcos solo oye en blanco y negro. Marcos siente más de lo que debería. Marcos no tiene nada. Marcos, no es suficiente.

No ser suficiente implica un grado de consciencia de uno mismo de una magnitud tal que hace a Marcos plantearse preguntas que se lo llevan de viaje a tiempos en los que tenía más control sobre las voces y no existía ni la idea del colchón. Tiempos en los que las decisiones no era tan trascendentales y sus errores no repercutían en un corazón ahora maltrecho. No ser suficiente es ser insuficiente y saberlo ayuda, pero duele. No ser suficiente duele en el espacio que hay entre el estómago y las costillas, ligeramente a la izquierda y hacia el costado. No ser suficiente le enciende los ojos un poco, no mucho, solo lo suficiente como para que le escuezan cuando no habla, cuando está consigo mismo, por eso Marcos lee en voz alta muchas veces. La tristeza de no ser suficiente le entumece los brazos, le encorva la espalda, le arrastra los pasos y le saca del tablero.

Marcos sabe lo que tiene que hacer y aunque no muchas ganas de hacerlo porque no ser suficiente le quita las ganas de hacer cosas, comienza.

Marcos se centra en su respiración.

Marcos respira; tranquilo. Marcos siente el aire entrar y salir sin esfuerzo. Marcos, como tantas otras veces antes, comienza a ver luz desde las cabezas y hacia atrás, entonces sabe que todo va bien, que puede, que sabe y que quiere.

Tras unos minutos respirando y escuchando su música favorita, Marcos comienza a escribir.

Fins aviat!

2 comentarios en «Luz: un lugar donde vivir.»

  1. Mini relatos que te hacen viajar y sin moverte del lugar puedes transitar el entorno de aquello que leas!

    un gustazo para la mente que aletea contenta por sentirse feliz y juguetona tras haberse divertido imaginando de una manera tan rica, liviana y suave. Que es como resulta la lectura de esta historia de Marcos. En la que me senti tanto Marcos, como cara de pelo negro con cuello y sin echar de menos mis pies.

    gracias por estos relatitos que enriquecen la mente

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