
La confianza no es una estrategia de marketing ni un argumento de ventas. A la confianza no se la puede tratar como si fuera una herramienta, un instrumento, un utensilio. La confianza no se gana, la confianza se conquista desde la escucha, la atención y la empatía y perderla es una derrota vital de tal magnitud que deberían estar contempladas terapias profesionales, bajas laborales y retiros adaptados, con propósitos destinados a superar su pérdida. Porque eso sí, y esto es lo que hace de la confianza la quintaesencia de los valores humanos, la confianza se gana y se pierde una sola vez y ni el perdón más sincero es capaz de devolverle su forma original, su estado puro, virgen, prístino.
Si cada mañana antes de salir de casa te miras al espejo para hablarte a ti mismo acerca de ti mismo, es que algo no va bien. Si eres de los que se dicen lo mucho que te lo mereces y te miras a los ojos recordándote lo bueno que eres, lo mucho que te debe la vida, lo lejos que vas a llegar y lo inteligente de tus estrategias, es que algo no va bien. Si te tienes que combinar los colores o no sales, es que algo no va bien y si cuando te vas a dormir esa noche duermes tenso por no encontrarte de cara con tu pareja, es que algo no va bien. Si acabas de leer todas estas afirmaciones, te reconoces en ellas y te va bien en la vida, perfecto, adelante con tu modo, has encontrado la manera de beneficiarte de cómo juegas tus cartas. Aguanta todo lo que puedas porque, y esta corre de cuenta de la casa, las verdaderamente importantes son las preguntas y cuanto más comprometidas, dificiles y profundas sean, más sentido tiene responderlas y más te ayudan a entenderte.
Ya te digo yo que la vida no te debe nada y que el color de tus zapatos es tan importante como conocer los nombres de los participantes del próximo Gran Hermano.
Replantea tus preguntas. Siempre.
No. Porque ninguna de estas afirmaciones pretenden destacar como positivo lo contrario ni demonizarlas en sí. Pretenden destacar como red flags los patrones autoimpuestos de crecimiento personal, el encorsetamiento del comportamiento como modo ordenado de vida, la rigidez del acto y la necesidad de cambio para lograr objetivos que muchas veces crees que son tuyos pero en realidad, no lo son. Me refiero, concretamente, a la tiranía del `Si quieres, puedes´.
Defiendo que las personas, a partir de los veinticinco, no cambiamos en lo esencial (experiencias trágicas al margen), pero sí vamos cambiando cosas a lo largo de nuestra vida y no me asusta apostar setenta y tres céntimos a que se puede, sin tener que convencerte a ti misma cada mañana delante del espejo para verte la cara. De hecho, sin tener ni puta idea de casi nada, te digo que lo más eficaz para ir superando pantallas en este juego es lo que resulta más complejo, laborioso y denso: entender los porqués. No te enfrentes al boss final sin entender los porqués porque ya te digo yo que te `one-shotea´.
Lo curiosos es que no es de extrañar que sea necesario encontrar apoyo en tu `yo´ del espejo, encontrar fuerza y energía diaria más allá de los cereales hiper-azucarados 0,0% azúcares añadidos y con salvia de bebé de un apóstol manipulador de bífidos activos. No es de extrañar porque hay muchas cosas que no van bien.
Cada vez es más necesaria la solidaridad y cada vez más es el que menos tiene quien se ve interpelado por ella. Cada vez nos hacemos menos preguntas trascendentes; cada vez nos importan menos las preguntas que las respuestas. Cada vez más, exigimos respuestas a preguntas que no hemos formulado y cada vez más se nos piensan en la cara sin que nos demos cuenta. Cada vez sentimos menos la imposición porque cada vez tenemos menos amor propio. Cada vez tenemos menos amor propio. Terrible. Apocalíptico.
El amor propio se alquila cada vez que te desnudan a través de tu puesto de trabajo. Cada vez que abusan de ti y lo hacen a diario. Rentas tu amor propio desde que firmas un contrato a cambio de treinta días al año de playa, montaña o retiro (en el mejor de los casos) y hasta que te despiden. Entonces termina, no solo el contrato de trabajo si no el de alquiler, y tomas conciencia de que lo recuperas y gritas y pataleas y te enfrentas y amenazas y juras en arameo y te vas y te calmas y te pones a buscar trabajo y el ratón se paró un rato pero ya está girando de nuevo. No aprendemos nada. No tenemos memoria.
Demasiado hay que no va bien.
De hecho creo que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que hay tantas cosas que no estan yendo bien y desde hace tanto, que la mayoría de nosotros hemos desistido de tratar de ponerlas en orden. Nos han sobrepasado y simplemente estamos luchando por tratar de aceptarlas buscando justificaciones peregrinas o sencillamente mirando para otro lado, que al ser lo más sencillo, es lo que hace la mayoría.
Alguien un día tomó conciencia de que la vida se acaba desde que naces y entendió que un rebaño entretenido es un rebaño despistado, un rebaño feliz. Al más puro estilo Huxley.
El abismo al que miramos cada vez que nos paramos a observar todo lo que está mal es de tal magnitud que hiela la sangre. Tenemos muchas cosas que hacer, han conseguido convencernos de que tenemos mucho que defender y suficiente (demasiado) con lo que entretenernos como para abandonarnos a preguntas trascendentes. Preferimos las banales delante del espejo y, a ser posible, encaminadas a que las respuestas nos motiven a seguir produciendo, que es el `seguir adelante´ de toda la vida. Por si acaso se te había ocurrido pensar que esas afirmaciones ante el espejo se te han ocurrido a ti o están pensadas para ayudarte a ti.
¿Te imaginas que un día decides usar tu tiempo libre en dirección contraria? ¿Te imaginas levantar la mirada y ver caras? ¿Has pensado alguna vez qué pasaría si durante un día, todo lo que hicieras fuera la primera vez que lo haces?
Yo sí. Todavía no lo he hecho. No tengo tiempo porque en mi tiempo libre elijo consumir Instagram. Pero algún día. Lo prometo. Ya verás.
¡Enhorabuena! ¡Seguro que lo haces! ¡Lo importante es darse cuenta! ¡Desde ahora solo puede mejorar! ¡Camarero, quítale a esto el aire!
Hace tiempo me di cuenta de que luchar contra las reglas del juego era una estupidez. Ojo, que sea una estupidez para mi solo significa que es una estupidez para mi, no vayamos a arrancarnos el pelo con esto. Sencillamente pienso así. Como decía, luchar contra las reglas del juego me parece menos inteligente que tratar de aceptarlas jugando las cartas que te sirven cada vez de la mejor manera posible. En el mejor de los casos, que la banca no gane (spoiler: pasa poco) es tu victoria. Entender esto libera, te saca de una corriente para introducirte en otra a partir de la cual construir, fijar y afianzar las estructuras sobre las que ser capaz de caminar y crear algo que merezca la pena con lo que tienes en tus manos en cada momento. A corto plazo.
¿Contradictorio? Es posible.
La ironía es que, elijas el camino que elijas estás perdido. No ganarás. Y no lo harás porque este juego no está pensado para que ganes, tampoco para que pierdas. Este juego no está pensado como una competición con ganadores y perdedores, los ganadores y los perdedores de este juego son los daños colaterales de Palestina o Ucrania, de un ERE, de una subida de impuestos, da igual. Los ganadores y los perdedores no importan porque los ganadores y los perdedores son los peones, los de abajo, los que sostienen la pirámide. No, este juego está pensado para que no pares, para que estés siempre haciendo algo, este juego es la evolución nivel Dios de la cadena de montaje que inventó Ramsom Olds en 1901. Aquel fue el verdadero fin del mundo no predicho por Nostradamus.
Juegas a un juego cuyo tablero es una gran cadena de producción y vives siendo una ficha que forma parte de algo mucho más grande que tú mientras te venden la moto de que lo que realmente tiene valor en la vida es dejar huella y que para ello tienes que rodearte de otros para que juntos forméis algo más grande que vosotros. Las muñecas rusas del valor humano. Un Monopoli de producción en masa del que te puedes salir durante un ratico a cambio de una pequeña paga para que no te mueras de hambre, repongas fuerzas, por fin `te convenzas´ de que tienes que volver haciéndote creer a ti misma de que lo haces porque `yo no sé estar parada´ (nuevamente, tu elijes. Eso parece, al menos) y retomes el movimiento buscando otra ocupación priorizando cuántas mierdas vas a poder comprar con el dinero que te van a pagar. Ya no hablo de que aceptes por dinero, no (que también). De lo que hablo es de que nuestra cabeza de oveja en rebaño entretenido, de manera automática e inconsciente, sonríe y nos hace salivar cuanto más dinero haya en el plato, por mucho que para conseguirlo tengas que partirte la espalda, despedirte de tus seres queridos mientras convives con ellos o no volver a disfrutar de una cerveza sin pensar en el lunes de la semana que viene por mucho que sea viernes por la tarde, en el mejor de los casos. Y es que como el precio del metro cuadrado tambien los amores propios tienen alquileres variables.
Se quiere tener confianza en una misma. Es necesario para tu supervivencia, de hecho. Necesitas entender que nada, nadie, te ha extirpado la confianza en ti misma y para esto tienes un amplio catálogo de crece pelos, desodorantes, vestidos de falda pantalón, libros de autoayuda y coachers que te regalan frases para apuntar en el espejo, que te ayudan a recuperarla. No te preocupes si la pierdes, no pasa nada. Si pagas el alquiler de otro, tanto en forma de producto como de persona-producto puedes volver a recuperar la confianza y para empezar, ¡venga, a hacer calistenia!
Puedes vivir en un mundo o en otro. Puedes ser crítica con el juego o adaptarte a él y puedes tener la confianza suficiente como para pensar que volar no es imposible si no un reto, un objetivo. Puedes estar equivocada o no, da igual, esto no va de culpas, de errores ni de equivocaciones, esto va de confianza, de amor propio y de principios, y de un juego pensado en restarles importancia para que te alquiles barato y dejes de pensar que la confianza, el amor propio y nuestros principios y valores son el verdadero tesoro de nuestro tiempo desde siempre y hasta siempre.
Fins aviat!
simplemente genial, de lo mejor que has escrito porque es ahora cuando te estás dando cuenta de lo vacíos que estamos y somos, es ahora cuando empiezas a pensar en todo lo que te queda y en cómo afrontarlo sin que al mismos tiempo te vaya destruyendo, ya hay un antes y un después, pero no desesperes, esto va a seguir así man que nos pese, hay que adaptarse o irse yo he optado por irme, no soporto el vacío mental de tanto borrego, pero bueno, esto lo tenemos que hablar largo y tendido cero, por cierto explícame por qué hablas en femenino y en el párrafo 7 hay una errata; lo curiosos/lo curioso, perdón por extralimitarme
Buenas sean y gracias por tu tiempo.
«…sin tener que convencerte a ti misma cada mañana delante del espejo». Imagino que te referirás a este trozo del párrafo. Para la escritura de este texto no tenía en mente ningún personaje en particular. Ningún género. Me pasa, a menudo, que me gusta ir cambiando, -cuando se da esta circunstancia-, el género, porque consigo tener la sensación de que hablo para más gente, de que hablo más lejos. Entiendo que no es necesario y puede resultar confuso pero me gusta escribir así e incluir, a veces, a «ella», como una de tantas personas que viven dentro de mis escritos. Respecto de lo que me estoy dando cuenta ahora, o de lo que traigo aprendido, o de lo que vengo pensando o desde cuándo o con cuánta intensidad poco o nada tiene que ver con tu conclusión. Yo no considero que «estemos vacíos», ni que afrontar nada te destruya y no desespero, pero gracias por tus palabras.
Espero verte por aquí. Estaré encantado, un placer.