Aquel piso era perfecto, sin lujos extravagantes ni ostentosos. Nada o poco era lujoso, pero no le faltaba detalle. De obra nueva, la estructura estaba construida con materiales de primera calidad y todos los elementos que la componían: puertas, ventanas y marcos, suelos, iluminaciones indirectas con lámparas modernas, muebles de obra a medida o grifería, estaban comprados sin mirar el céntimo, pero sin gastar de más.
Era por aquella calidad que costaba trabajo escuchar lo que sucedía detrás de las puertas y mucho se tenía que mover el aire en cualquier estancia como para tener una imagen clara de lo que pudiera estar sucediendo dentro.
Podría decir que aquel día decidieron soltar el timón y dejar el barco a la deriva, pero con el paso del tiempo he podido comprender que nunca hubo unas manos firmes guiando a la familia, por supuesto nunca dos pares a la vez y nunca con un proyecto. En el mejor de los casos siempre fueron o las de él o las de ella. Casi siempre las de ella.
Las de él, muy a menudo estaban encima de ella y pocas veces con intenciones de cura, anhelo, arrope o cariño alguno. Los episodios en los que mi vida pasaba, conmigo acurrucado de miedo en el rincón de mi cama más alejado a la puerta, se repetían continuamente, pero a pesar de todo resultaba menos terrorífico al final que al principio porque lo que sucediera, empezaba fuera, al alcance de todos mis sentidos, pero terminaba a puerta cerrada.
Aquel día, como os decía, fue diferente porque la pelea no fue dentro. Aquel día no tuvieron tiempo de pensar en mí y no solo no les importó soltar el timón una vez más, sino que les dio igual si el barco se hundía con su hijo dentro.
Del bofetón las gafas fueron a parar al fregadero donde se estaban escurriendo unas hojas de lechuga y unos tomates cortados para la ensalada junto al cuchillo pequeño que usábamos para pelar patatas. Se quedó con la cara hacia donde la inercia del guantazo la había obligado a mirar por las malas, se quitó el pelo de la cara, tomó aire con la calma de quien está acostumbrado y sin queja ni lamento se dirigió a recoger sus gafas, se las puso, cogió una cebolla, el cuchillo y continuó con su vida.
Me estaba comiendo un sándwich de Nocilla, lo recuerdo porque no he podido volver a probarla. Podrías pensar que me puse a llorar, pero el miedo me había cauterizado los lagrimales.
Él dejó que la cólera le entrara a vivir y con su puño, ahora sí, le asestó tal golpe en la espalda que hubiera podido tumbar a una vaca pequeña. La cabeza de mamá se dobló exageradamente hacia atrás para después bascular hacia adelante e ir a golpearse contra el filo de la ventana entreabierta que tenía delante, desde donde se veía la piscina de la urbanización. Cuando se giró un hilo de sangre le recorría la cara de norte a sur. Cogió el escurridor con la ensalada y se lo puso por sombrero mientras pasaba a su lado con el cuchillo en una mano para, con la otra, sacar las aceitunas de la nevera y de su boca la frase que terminó por estremecer toda la cocina: no le llegas ni a la suela de los zapatos; mirándole a los ojos, con la voz sosegada de quien no se doblega, delante de él. Firme.
Empecé a llorar.
Yo no existía para papá cuando agarró el cuello de mi madre y desconozco cuánta fuerza hay que tener para conseguir aquel azul, pero ella no hizo nada, se quedó quieta, mirando sus ojos y a mí de reojo, sonriendo, con la cara en sangre, los ojos húmedos, la mandíbula sellada y el cuerpo erguido.
Tras un silencio de morgue mi madre empezó a recuperar su color.
Papá ya no apretaba más porque le faltaban manos para taparse la herida abierta en la barriga por aquel cuchillo patatero y la cabeza por el impacto en el cráneo del bote de aceitunas que le golpeó con tal violencia que se rompió en mil pedazos.
Papá cayó al suelo. Mi madre se vendó la mano con un trapo limpio, se acercó, me dio un beso con un lo siento en la cara, cogió el teléfono de la cocina, llamó a emergencias, me pidió que me pusiera la chaqueta y nos fuimos a jugar al parque dejando la puerta abierta.