En estas últimas dos semanas, desde que enterramos a Fede, vengo preguntándome cuánto tiempo tardaría el servicio de asistencia sanitaria en socorrer a alguien que ha decidido no escribir más capítulos de su libro. Siempre he pensado que las carreteras y las calles y los barrios y los pueblos y las ciudades grandes o pequeñas no están pensadas con las personas en el centro. Por qué si no los parques apenas tienen bancos. Por qué los que tienen alguno están tan desperdigados y son tan incómodos. O raros.
Dentro de un rato, o mañana, o pasado no lo sé, pero no a mucho tardar tendrás estas letras mirándote a los ojos, mostrándote este último rato amargo, desagradable y tan fétido que apenas me deja concentrarme en mis porqués. Las arcadas no facilitan el relato, pero no me voy a consentir el vómito por más que sepa que la cicuta no entiende de urgencias posteriores.
No puedo dar un paso más, hija mía.
Mi alma se ha ido a vivir a mis piernas y me las tiene clavadas al suelo como el hormigón asienta los cimientos de una casa. La cabeza apenas me da para convencerme de lo contrario y mi corazón se ha roto por tantos sitios que no veo el modo de volver a restaurarlo, de darle la luz que necesita, de resetear una vida que acabó con aquella llamada. Nunca contestes el móvil al volante, Nati.
He vivido confundiendo mis prioridades desde que obtuve el reconocimiento por el que tanto había luchado y nunca he creído estar equivocado porque siempre he sentido que os tenía atendidos. Sí, habéis estado atendidos. Nunca os faltó lo necesario. Sé que habéis sido felices, que lo sois; bueno, que lo eres y que lo seguirás siendo. Me reconforta pensar que, además, te has sabido convertir en una mujer fuerte, capaz de superar la muerte de tu hermano y mi marcha voluntaria por incapacidad de este humilde escribiente.
Siento fuego en la garganta, mi estómago parece barro, las orejas se me derriten, me lloran los ojos y me huele el aliento a estiércol. Fuera llueve, dentro ardo.
No me juzgues duramente. No he dejado que la pereza ni la desgana gobernaran mi vida y siempre he tenido como objetivo dejaros el camino lo más limpio posible, llano e iluminado. Sin sorpresas.
Nos propusimos y conseguimos salir adelante cuando vuestra madre se fue peleada con aquel cáncer del demonio que tampoco la quiso dejar acabar: no me puedo sentir más orgulloso de vosotros y del equipo que somos.
Equipo del que ahora solo quedarás tú.
Ahora solo quedarás tú.
Somos árbol caduco con la posibilidad de serrarse el tronco y…
Pero, ¿cómo va a sobrevivir tu rama si he serrado el tronco? ¿Acaso podrás enraizar al caer? ¿Agarrarte a esta tierra que dejo? ¿Crecer sana y fuerte rodeada de muerte? ¿Arraigar sin tu tronco? ¿Prosperar?
Este lápiz pesa un kilo. Pulsar con el dedo de la mano izquierda duele como cien martillazos. Veo roja la sangre en el folio.
¿Cuánto tiempo tardarán?
—112, ¿cuál es la emergencia?
—La puerta está cerrada.